9 de octubre de 2011

El espejo, mi peor enemigo



«Un cumplido es como un beso dado a través de un velo» Victor Hugo
Una niña de 7 años me decía… “A mí no me dan miedo los monstruos ni los vampiros, sé que no existen. A mí, lo que más miedo me da es el espejo. Cada vez que lo miro veo todo aquello que no me gusta de mi: mis gafas, mi peca, mi timidez… y pienso lo boba que soy por pensar así. Entonces, me acabo sintiendo fea y tonta”.
¿Cómo puede sentirse así una niña de 7 años? Esta niña proyecta el mal de muchos de nosotros. ¿Cuántos de nosotros usamos el espejo para decirnos lo poco que nos gustamos? ¿Cuántos de nosotros nos incomodan los piropos porque no nos los creemos? Y ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué no somos capaces de valorar también nuestras virtudes? ¿Por qué la niña no se fijaba en sus ojos azules o sus rizos perfectos?
Debemos aprender a ver lo bueno que hay en nosotros, buscar aquello que nos hace especiales. Esta niña se centraba en sus gafas y no llegaba a ver sus ojos, lo primero que veíamos el resto.
Y le propuse un ejercicio que le permitió fijarse en sí misma y verse distinta. Cada mañana debía mirarse en el espejo, encontrar algo que le gustara de ella misma y decírselo. Acabó descubriendo cómo la peca le daba un toque especial que la diferenciaba de los demás, cómo unas bonitas gafas podían realzar sus ojos y lo bonitos que eran sus rizos.
Todos tenemos cosas que no nos gustan de nosotros mismos. Conocer nuestros defectos nos debe servir para tratar de corregirlos o de transformarlos en lugar de usarlos para autocompadecernos.
Porque sí, todos somos hermosos, todos tenemos virtudes, solo nos queda darnos cuenta de ello.

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